jueves, 17 de enero de 2008

Confianza


Camino hacia la paz interior, el amor y la felicidad

Cuando volví con Benet a Eslovenia, ya me esperaba, con las manos abiertas, toda la familia. Esto era, después de unos once años de vida en España, todo una experiencia de aprendizaje.

Volví con mi hijo Benet, que tenía un comportamiento especial, y que por esto le solían decir »un hijo de necesidades especiales«. Entre otras cosas le habían diagnosticado razgos de autismo, que se exterioriza con un comportamiento, que en la etrada a Eslovenia supuso un verdadero parto tanto para mi como para mi padre.

En aquel entonces Benet solía jugar con cosas muy reducidas, y las solía tirar acompañado de expresiones de voz muy alta, parecidos a gritos. En numerosas ocasiones no se pudo oir más que su voz y diversas formas de golpes - ya sea de cosas que tiraba con tanta insistencia, o por los golpes con las manos contra sus dientes, que le hacia sangrar la mano. No paraba de moverse, o tirar lo que pillase por el camino. A pesar de la evidente energía interior que se mostraba en Benet, él no quiso andar o emplearla en otras actividades motoras, con la excepción de tirar piedras, hacer rodar el cubo, pasar rápidamente las páginas del libro, y gritar.

En numerosas ocasiones tanto ruido de los gritos de Benet, como de las cosas que volaban y caían al suelo, parecía poner el ambiente en mucha tensión. Tanto a mi padre, como a mi nos ponía muy nerviosos. A mi padre le solía molestar prácticamente todo lo que hacía Benet. Decía y volvía a decir: »Deja de hacer ruido ya.« »Quiero paz.« »No puedo oir nada.« »Quítale esto.« »Deja esto.« »Porque le dejas este juguete.« »Esto no.« ... Y yo me sentía como entre dos paredes. Por un lado, intentaba ayudar a Benet para que saliese de este estado »nervioso y cerrado en el ruido de cosas muy reducidas«, y por otro lado quise mantener la calma con todos los comentarios y reacciones de mi padre, que también parecían muy nerviosas. Sobre todo lo segundo, despertó en mi la conciencia de la más profunda sombra que los padres solemos vivir durante los primeros años de vida de los bebés, cuando los cuidados son muy intensivos, y que en mi caso (gracias a Dios), duraron muchos años más de lo »habitual« - justo lo suficiente para decidir que »ya basta«. La sombra me decía: »¿Le cuido bien a mi hijo (sobre todo si le dejo a mi padre tan »nervioso« y con »tantas palabrotas« donde »todo es difícil«)?« »¿Soy capaz de hacer todo a la vez?« »Cuando tendré tiempo para mi?« Estaba a la vez haciendo la comida, recogiéndo alguna cosa que se había caido al suelo, intentando complacer a mi padre y atenderle a Benet cuando se golpeaba nerviosamente con su mano, cambiando el babero mojado o el pañal ... .... sin tener ni un solo segundo para mi o mis necesidades ... ... y todo me volvía loca. Parecía como un círculo vicioso, y yo sin los medios de romperlo. Yo estaba muy nerviosa, que también se notó en como respondía a mi padre: a gritos y de manera dura »Que me deje ya en paz porque solo tengo dos manos«. Clarísimamente, esto solo empeoró la situación. Ponía fuego al fuego, y el incendio creció.

Por suerte la vida me había enseñado que en cada crisis siempre hay una sabiduría que quiere mostrarse. Y un día decidí pedir a la fuerzas celestes que me ayudasen a encontrarla. En mi interior apareció la voz, que me enseñó el camino para deshacer este nudo. Decidí firmemente mantener la paz interior en la relación con mi padre, sin importar lo que él haga o diga. Así que empecé a buscar los medios que me lo permitiesen. Y los encontré. Cada vez que oía algo que me disgustaba, ya sea un comentario sobre Benet, una palabrota, peleas entre mis padres, un grito, »que las cosas eran difíciles«, »que el mundo engaña y es peligroso«, pues cada vez que oía algo similar, ya sea en la tele o en el entorno donde me econtraba, empezé a cantar ... a veces en voz alta y la mayoría de las vecen en mi interior. Empecé a agradecer todo lo que se me ocurría de la persona o situación en cuestión. Al principio era agradecimiento »de lo bueno« que alguna vez ví hacer al otro. Pero con el tiempo, aprendí que no hay »bueno« y »malo« y que TODO es de agradecer, incluidas las aparentes crísis, peleas, los »enemigos« y similar. Agradecí el hecho de que por ejemplo, mi padre me ayudase a encontrar la paz interior, de que me ayudase a confiar en fuerzas invisibles como es una oración y agradecimiento en el silencio, sin mostrar nada »visible«, o de que me ayudase a ver en él la luz de Dios - que le hizo tanto a él como a mi en el mismo esplandor.

Incluí a mis haceres diarios varios momentos de agradecimiento y oración. Aunque yo no visitaba las iglesias ni sabia las oraciones »oficiales«, decidí escucharlas en mi interior y confiar en que Dios está dentro de nosotros y por tanto yo era capaz de escuchar justo las palabras necesarias y que provenían de Él. Tantísimas veces me habían enseñado justo esto, y esta era una oporutnidad excelente para ponerlo en práctica y comprobarlo. Con Benet empezamos a orar en agradecimiento por la noche y por la mañana, con las palabras que venían de mi interior o a través de mi. Esto me ayudó a »entrenarme« para los momentos más dificiles, que es cuando más necesitamos estas palabras (en vez de odio y desesperación) para nuestra transformación interior. Empecé así, ya mucho más capacitada, a orar y agradecer en silencio cada vez que oí algo de mi padre que me sacó de equilibrio. El agradecimiento me ayudó a que no le cerrara puerta a su luz divina que él también lleva dentro, y a que pudiera confiar en que esto nos transformaría a todos. En su justo tiempo me llegaron de nuevo las palabras de que »lo que vemos en el otro es solo nuestro propio espejo, y que ver la luz en el otro es verla en nosotros mismos«.

A cabo de unos meses, la situación comenzó a girar. Yo dejé de estar tan alérgica a los comentarios de mi padre, y me relajé. Esto lo recibió muy bien también mi padre. Un día hablamos y decidimos que entre los dos buscaremos formas para ayudarle a Benet, porque entre dos las cosas siempre son más fáciles. Un día de mucho frío, cuando Benet quiso remover un poco más las piedras, mi padre le cogió de la mano y se fueron a caminar. Unos cuantos días caminaron unos 100 metros arriba y otros 100 abajo en la calle, que ya nos pareció todo un milagro, ya que el prognostico de hipotonía con la que nació era muy diferente. Cuando Benet se quejaba, mi padre simplemente le dijo: »Somos hombres. Pues caminaremos. Vamos.« Sin más, se fueron. A cabo de unas dos semanas, mi padre decidió escuchar su voz interior y le llevó a Benet caminando hasta la casa de la abuela (casi un kilómetro de ida y otro de vuelta). Lo cosiguiéron. Las caminatas se hacían una costumbre y a mi padre ya no le parecía una obligación estar con Benet sino más bien un acto alegre y de mucho sentido porque él sabía ayudarle. Cada mañana mi padre se tomó el tiempo para llevarle a caminar. Y esta vez, ya lo proponía él solo. Y cada vez iban más lejos. Consiguieron aumentar la distancia, en unas dos semanas, a unos 6 km diarios (sin cochecito!). Con ello no solo Benet practicaba el equilibrio y el andar - que por la hipotonía, con la que nació, estuvieron muy reducidos, sino que al llegar a casa se sentó tranquilamente y estuvo mucho más tranquilo. Empezó a leer libros más despacio y a fijarse en lo que ponía dentro. Empezó a dar señales visibles de que nos entiende muy bien. Lo que antes parecía un mundo muy reducido, un mundo cerrado en una bola sin salida, un mundo sin conexión con el exterior, se abrió y empezó a interesarse por la comunicación. Medio año más tarde se celebraron los primeros 100 km de caminatas de Benet – que para nosotros significó la celebración del camino del Entendimiento y la Paz interior.

Yo aprendí una de las lecciones más importantes del mundo: CONFIAR. Al principio me pareció mi padre todo menos un ejemplo para Benet, lo que con el tiempo se mostró muy falso. He aprendido que TODOs somo capaces de cosas preciosas y maravillosas, y que la CONFIANZA estimula a que se exteriorizen. Al juzgarle al otro, sea como sea, también nosotros le cerramos la puerta de salida. Sin embargo, la confianza ayuda a que el otro también pueda ver la puerta y salir por ella. Por peor que parezca el exterior o el comportamiento de alguien, SIEMPRE es posible sacar de él verdaderas maravillas. Y con ello, hay otro benficio enorme: de que ya »no tenemos que hacerlo todo nosotros solos« y nos empiezan a bastar las dos manos que tenemos. Porque al no confiar en el poder santo del otro, uno intenta hacerlo todo solo, que tarde o temprano termina en una u otra enfermedad, depresión, locura o parecido. Cuando uno aprende a confiar es capaz de ver en el otro lo que aún no se ve »a la primera vista«, todas sus capacidades y fortalezas, y esto es la única ayuda que le podemos dar, sin caer en la trampa de hacer »en vez del otro«. A veces me dí cuenta con mi hijo que yo le quería »ayudar«, y lo que realmente hacía era más bien hacer en vez de él y por tanto »des-ayudarle«: ya sea porque le quería poner de pie para así »ayudarle a caminar« a través de mis manos, o porque le ponía en mis brazos »ante las quejas«. Aparente »debilidad« por su hipotonía, me hizo creer que no podía »forzarle«, ya que si lo hacía, él se oponía y lloraba. Pero aprendí con mi padre, que esto (los lloros, las quejas, la debilidad) también es un reflejo de nuestra propia creencia interior, que intenta convencernos de que tenemos razón (donde no la hay). Debilidad no es la voluntad de Dios, y por tanto hay otras posibilidades. Mi padre consiguió a que Benet caminase sin lloros ni quejas. Y mi confianza en él abrieron los caminos para que el pudiese ayudar a Benet y a mi misma. Decidí seguir el ejemplo de mi padre. Cuando salimos a caminar con Benet y él comenzó a llorar (en la muestra »no puedo«), decidí pasar por alto la primera resistencia, y de milagro Benet dejó de llorar y pudimos andar sin problemas. He aprendido que a veces es necesario confiar en todas las fuerzas que poseemos, porque es la única manera de vencer la aparente debilidad, que no deja de ser solo un reflejo de la creencia que tenemos (por más justificada que esta aparenta ser por los diagnosticos »médicos«); y que por otro lado intentamos enmascarar con acciones opuestas (deportes de riesgo, cargos de mucha responsabilidad, luchas y peleas, competiciones, discusiones, etc.). Al confiar en esta fuerza divina y al dar el primer paso, a pesar de que nos pueda parecer difícil, deshacemos el sufrimiento de la debilidad y llegamos al convencimiento que Dios nos hizo a todos fuertes y capaces de vivir en paz en todas circumstancias. Porque la fuerza no es la fuerza física, las luchas, las peleas, hablar en voz alta o de »mando«, ni tampoco hacer muchas cosas a la vez o tener cargos directivos, y similar. La verdadera fuerza es la fuerza de la paz que emana en plena confianza desde nuestro interior, y que por tanto deja a que todos la desarrollen.

Ahora veo que uno no ha de cerrarse a ninguna persona, por »peor« que parezca, porque todo lo que vemos en el otro es nuestro propio reflejo, y al abrirnos a los demás nos estamos abriendo a que podamos resolver nuestras propias creencias »de guerra, lucha o debilidad«, porque son una y la misma cosa.

CONFIAR EN EL OTRO ES DAR EL PRIMER PASO PARA QUE SE DESARROLLEN TANTO SUS COMO NUESTRAS CAPACIDADES. ES UNA MANERA DE PERDONAR AL OTRO, PARA ASÍ PERDONARNOS A NOSOTROS MISMOS Y VER QUE DIOS NOS HIZO SANTOS Y BENDITOS.

Gracias Padre, por mi padre y mi hijo. Gracias por este instante santo, que todos pudimos compartir, para que Tu nos podrías enseñar el camino de más felicidad y mayor paz interior. Sin ti, mi padre, y sin ti, Benet, no podría encontrar a solas la paz que siento ahora, porque no sabría lo que realmente me molestó: mi propio pensamiento. Gracias por la salvación, que yo os la regalo por la gratitud que siento hacia vosotros. Gracias por la sabiduría entregada. Gracias padre por poder adorar tu ternura con Benet. Gracias por cuidar de que siempre tengamos agua, gracias por prepararnos el desayuno, y gracias por cuidarle a Benet mientras toco la guitarra. Gracias por poder ver lo mucho que te quiere y admira Benet. Cada vez que está sentado en la mesa para comer le brillan los ojos y te sonrie con tantísimo Amor. También en ti veo la misma Alegría y Amor, tanto para Benet como para mi. Gracias por cantar conmigo. Y gracias por tu sensibilidad que sabe detectar de seguida lo que necesita Benet. Gracias por tu innocencia y tu santidad, que Dios puso en todos nosotros. Gracias por poder orar contigo tantísimas veces, que me acuerda de nuestro Padre Creador, y de que Él vive y mora en nosotros. Gracias por acordarme que nada es demasiado dificil y que núnca estoy sola, porque en mi mora la Luz de Dios, que brilla para enseñarme todos los caminos de Él. Gracias padre. Gracias Padre Creador.

Dedicado con Gratitud a mi padre y a todos los hombres



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